ACAMPADA CON LAS MARYS…4

 

 

ACAMPADA CON LAS MARYS…4

 

 

    Después de varios intentos y con ayuda de las demás logro colarse y ayudar a las demás, que fuimos subiendo como verdaderamente pudimos.Abrimos el resto de las ventanas que aparecían tapadas con gruesos y largos cortinones repletos de polvo y ante nosotros como si de una película se tratara, apareció aquella imagen espectacular: Un gran salón repleto de muebles antiguos, tapados con sábanas, relojes de mesa, carrillones maravillosos, bargueños, alacenas repletas de loza antigua. Del techo caía la araña más grande que había visto en mi vida, con múltiples lágrimas de cristal, que con el reflejo del sol que entraban por las grandes ventanas, reflejaban ráfagas multicolores que iluminaban aquella estancia, haciendo que la escena se asemejara a un cuento de hadas.

   Nos quedamos tan impactadas que no lográbamos hablar. En una pared inmensa al fondo del grandioso salón una chimenea del techo al suelo, con hueco magistral y unas trébedes de bronce que sujetan unos leños quemados, pero no deshechos. En la parte de arriba del hogar un escudo tallado en piedra, donde se podía observar un escudo, un caballo y una bandera, aquel escudo llevaba grabadas las letras: SR. Pronto descubrimos lo que querían decir aquellas iniciales, puesto que el en borde de la vajilla, colocada con mimo en la alacena, se podía leer al borde del filo dorado que bordeaba cada plato: Sierra Negra.

    Aquellas dos letras se encontraban en cada pieza de porcelana, en las sábanas que tapaban los muebles, grabadas en los relojes de mesa en los carrillones y en las altas sillas que daban la vuelta a la señorial mesa que esperaba a que alguien la usase en un lado del gran salón.

the-gang-1339235_960_720  Cada una de nosotras comenzó a inspeccionar, cada silla, cada mueble y cada cachivache, que íbamos encontrando. Dentro de los cajones de los muebles, del secreter, del bargueño de cada estante y de cada rincón.

   Seguimos trasteando y nos adentramos en un largo pasillo, del que salían varias puertas que se abrían con toda facilidad. Un baño con una bañera antigua con patas de bronce, semejando a las de un león, con la grifería haciendo juego, un gran espejó que cubría casi toda la pared, bordeado por un marco repujado, también de bronce, todo ello firmado por las iniciales: SN. Una habitación con varias mesas, un fogón, planchas antiguas y una mesa camilla con unas preciosas faldas de ganchillo, que debieron de ser blancas, aunque ahora estaban grises y llenas de suciedad y polvo. Dedujimos que sería el cuarto de plancha y costura. Enfrente una espléndida cocina, con amplios fogones, leñera y alacenas repletas de cacerolas y enseres. En el centro una gran mesa de madera con sendos bancos a cada lado, cuatro habitaciones no muy grandes, totalmente amuebladas, con camas de hierro, armario y mesilla, que creímos serían las del servicio.

    Retrocedimos hacia el salón y subimos por la amplia escalera que salía a ambos lados dejando la chimenea en el centro. Desembocaba en un gran recibidor, decorado con tapices y cuadros. Llamaba la atención uno enorme donde sobresalía la figura de un hombre joven y bien parecido. El atuendo era más o menos de finales del XIX, sujetaba con la mano las bridas de un hermoso caballo negro, al fondo del óleo la casona en la que estábamos, luciendo en todo su esplendor, donde se apreciaba la hiedra que trepaba por la fachada, dejando recortadas las ventanas con aquellos cristales multicolores que hacían reflejo en el pelo de aquel hombre apuesto que por lo que pudimos observar en la placa bajo el cuadro, se trataba de: Adolfo Martínez de la Serna, señor de Sierra Negra, seguramente, dueño de aquella casona y los parajes que le rodeaban.

    En la pared de la derecha de la que salía un amplio pasillo, otro cuadro enorme, sobresalía por la belleza de la joven modelo, rubia, con el pelo recogido en alto del que salían largos tirabuzones que cubrían parte de los hombros. Se trataba de una mujer de belleza espectacular. Sentada en una silla en el jardín, portaba en sus brazos un bebé de unos cuatro o cinco meses, rubio, como ella, regordete y sujetando en la mano un sonajero de plata. Posaba con un maravilloso vestido negro, largo repleto de bordados, cuello alto de ganchillo que contrastaba con el rubio de su pelo. Sonría a su niño, mientras que sus ojos reflejaban una felicidad absoluta. En la placa se podía leer: Amalia Mendizábal, señora de Sierra Negra.

Continuará…

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ACAMPADA CON LAS MARYS … 3

 

 

ACAMPADA CON LAS MARYS … 3

 

    Se fueron despertando hasta qué en vista de que ninguna podíamos dormir, María Jesús preparó una cafetera y nos sentamos en círculo como los indios cuando fuman la pipa de la paz.

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    Les relaté palmo a palmo lo ocurrido, pero como pasa siempre cuando estamos todas, opiniones diversas: Que si vaya tontería, que segurísimo que era un gato, que estábamos tontas, que qué cagonas sois. Que miedo, a ver si va a ser verdad, vámonos a casa. Lo que me esperaba cada una decía una cosa.

    La jefa dijo que a dormir todo el mundo, por lo menos hasta que amaneciera y puso verde a la pobre Angelines que había preparado una macedonia como para una boda.

     Lógicamente casi ninguna pudimos volver a conciliar el sueño, pero estuvimos tumbadas entre risas y charloteos unas dos horas. No volvimos a escuchar lamentos, lloros, ni gemidos.

   A las ocho, preparé otra cafetera, me puse un jersey encima del pijama, se notaba el relente y la humedad del río, coloqué las sillas y la mesa, el colacao, la leche y diversos y variados dulces, tostadas y saqué tarta de manzana por si alguna le apetecía.

   Al olorcillo del café se fueron sentando. Se respiraba paz. El canto de algún jilguero junto al sonido del río, formaba una música difícil de definir pero realmente la estampa resultaba maravillosa.

   La jefa sacó el móvil y se puso a sacar fotos de todo el entorno.

   Ana se acercó al rio a fregar la cafetera, lo demás era desechable y una vez estuvo todo recogido, decidimos ir a comprobar el camino que Angelines y yo habíamos seguido de madrugada. Apartamos nuevamente las ramas que nos impedían pasar con libertad y sin arañazos. Seguimos aquel camino de tierra, hasta dar con el de baldosas. Entre todas limpiamos la tierra y las malas hierbas que lo cubría y efectivamente fuimos descubriendo unas letras que con paciencia y tiempo, al tener que ir limpiando para poder leer, descubrimos que formaban una frase.

  “Están entrando en la propiedad de los guardianes de las almas perdidas”

   Una vez leídas las letras de las baldosas, el camino solado acababa pero seguía otro de tierra que se adentraba en una especie de bosque, con pinos centenarios, encinas de la zona y alguna que otra especie que no conocía. Mis Marys muertas miedo, querían volver, pero teníamos ante nosotros un día luminoso con un sol de justicia y sobre todo una intriga que me picaba la curiosidad.

— Chicas, somos siete, es día y lo más probable es que el camino no lleve a ninguna parte y tengamos que volver, pero      deberíamos seguir y no quedarnos con las ganas.

— ¿Pero has leído lo que ponía en las baldosas?

— Una chorrada.

   Cuando las tuve convencidas, seguimos por aquel enrevesado camino, que a cada paso nos hacía retirar las ramas que entorpecían nuestra marcha, haciendo que el paseo adquiriera un tono siniestro y que cada paso durara un siglo.

   Llevábamos ya más de quince minutos andando, cuando al fondo de aquel camino de tierra y escondida entre maraña, ramas y protegida por altos y gigantescos árboles de otra especie que tampoco conocía, se dejaba vislumbrar una casona enorme, antigua y de aspecto señorial.

   Seguimos hasta tenerla totalmente a la vista. Parecía estar construida con una especie de bloque gallego, color grisáceo. Las ventanas todas ellas con arco de medio punto y vidrieras de colores, que aunque la mayoría estaban rotas daban un aspecto señorial, como de castillo de cuento de hadas. La casona debía de estar abandonada. Pero nos dejó a todas con la boca abierta.

— ¿Os imagináis vivir aquí?

— Un poco tétrico Sole.

— Claro, así como está sí ¿Pero arreglada?

— Si, si lo que tú digas, dijo Angelines, arreglada, con el saludo de las baldosas y un niño que llora por la noche.

Carcajada general.

— Pues yo sin duda me la quedaría, si tuviera pasta claro.

— Pues no creo que fuera difícil averiguar de quien es.

— Claro que no, en el registro, o preguntando en el ayuntamiento.

— ¿Entramos chicas?

— ¿Cómo?

— Angelines, ahora que hemos llegado hasta aquí, tenemos que entrar.

   Después de un rato de deliberación se apoyó por mayoría la entrada a la casona. Habría que probar la puerta y en cualquier caso, siempre lo podríamos hacer por una de las ventanas de la planta baja.

Continuará…

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ACAMPADA CON LAS MARYS … 2

 

 

ACAMPADA CON LAS MARYS … 2

 

   Después de registrar la tienda por si acaso encontrábamos algún bichejo raro y muertas de cansancio, decidimos que ya era hora de pernoctar.María Jesús se quedó dormida al minuto, había cenado tanto y se sentía tan satisfecha, que los ronquidos sonaban como a música, cada dos ronquidos un resoplido. Después de hacer que tosía, cambiarle de postura y un par de pataditas parece que cogió un sueño pacífico.Poco a poco y  sintiendo un silencio acogedor, todas fueron cayendo en un profundo y agradable sueño. Todas menos yo, que notaba la falta de mi cama abatible, de mi colchón, de mi almohada, de la tele y de mi té calentito en la mesilla. Bueno cerré los ojos y pensé que sería cosa de esperar.

Comencé a escuchar unos sonidos leves. Agudicé el oído. Si, estaba segura, era como una especie de lamento. Pudiera ser un gato pensé. Pero no, eran gemidos, como los de un niño.

the-gang-1339235_960_720¡Madre mía!¡Lo que me faltaba! Me quedé muy quieta hasta estar completamente segura de lo que escuchaba. Angelines dormía a mi lado muy tranquila. Sentí romper su sueño, pero despacito y con delicadeza la desperté.
— Angelines escucha.

—Ay Sole que me muero de miedo. Es un niño ¡A ver si se ha perdido! ¡Tenemos que despertar a las demás!¡Que me estoy cagando de miedo Sole!

—¡Que no! ¡Vamos a echar una ojeada antes!
Salimos procurando hacer el menor ruido posible. Aquellos gemidos venían de detrás de unas ramas a unos cinco metros de la tienda. Iluminamos todo aquel ramaje y tratamos de separar aquella maraña que nos impedía pasar.

 

Por fin pudimos quitar aquella hojarasca y dirigir las linternas hacia el fondo. Cuando nos dimos cuenta, que justamente allí comenzaba un camino de tierra.

 

— ¡Vamos a seguirlo!

— ¡De eso nada!

— Angelines, leche ¡Que hay un niño llorando!

— Pues vamos a despertar la las demás, yo sola contigo no voy.

— Mira que eres cagona. Solo unos pasos más.
Seguimos aquel camino que había tapado la tierra y las malas hierbas, pero que al fijar la linterna, me di cuenta de que debajo estaba solado con una especie de baldosa de cerámica antigua, con unas letras que no logré descifrar ni aun acercando la luz.

 

Los gemidos del niño cada vez eran más frecuentes.Seguimos andando despacio por aquel camino para no engancharnos con las ramas que salían de todas partes pretendiendo engancharnos, hasta que nos dimos cuenta de que según nos alejábamos, así se iban alejando los gemidos.

 

Traté de iluminar el camino con la linterna, sobre todo para descifrar las letras grabadas en las baldosas, pero fue inútil, entre las malas hierbas y la tierra que las cubría no podía ver nada. Tendría que esperar a que amaneciera.
— ¿Te das cuenta? Según nos vamos distanciando, el niño también se distancia. Esto es muy raro. Al principio parecía un gato, pero de gato nada. Es un niño, y además tiene pinta de bebé.

— Pero si fuera un bebé, ya le habríamos encontrado, un bebé no anda.

— Angelines, aquí está pasando algo raro.

— ¡Soleee! ¡Por favor! Yo me voy, si quieres seguir, sigue sola.

— Esta bien vámonos, me está empezando a dar repelús todo esto.

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  Volvimos a la tienda, en la que las demás dormían plácidamente.
— ¡Sole, no puedo dormir!

— ¡Pues cuenta ovejitas!

— ¡Sole! ¡Me hago pis!

— ¡Leche Angelines! A ver si te vas a mear aquí dentro.

— ¡Ven conmigo! Que me muero de miedo.

Salimos y aproveché también. Miré mi reloj. Las cuatro.

Intentamos dormir. Angelines no pudo. Se puso a pelar naranjas para hacer una macedonia para desayunar. Se levantó veinte veces a coger la fruta, pasó por encima de las demás alumbrándose con la linterna, ante mis continuas quejas de las que no hacía ni el mínimo caso.

Se sentó a mi lado y con todos los ingredientes y comenzó a pelar manzanas, peras, plátanos, mientras tarareaba una copla de la Pantoja.

Marival y Maricarmen se despertaron y nos tiraron las almohadas a la cabeza.

— Aquí no hay quien duerma ¡Angelineeees! Vete fuera a hacer lo estás haciendo.

— ¡No puedo dormir, estoy cagada de miedo.

—¿Miedo porque?

— Que os cuente Sole lo que ha pasado, que os lo cuente.

Continuará…

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ACAMPADA CON LAS MARYS…1

 

 

ACAMPADA CON LAS MARYS…… 1

 

   Ya llevábamos un tiempo pensando en hacer una acampada, de esas en pleno campo, con tiendas de campaña, hormigas, arañas, sacos de dormir y todas esas cosas que de seguro nos hubiéramos ahorrado en un buen hotel. Pero a estas chicas cuando se las mete una cosa en la cabeza, no hay quien las pare.

the-gang-1339235_960_720Después de un montón de comprar, preparar comidas y consejos varios partimos un viernes después de comer. Nos dividimos en dos coches, entre sacos, latas de aceitunas, bolsas de patatas fritas, pijamas y botellas de cerveza. La jefa iba delante con Angelines y Marival, abriéndonos camino, ya que tanto la idea como el sitio había salido de ella. En menos de dos horas alcanzamos nuestro destino, que no resultó ser tal y como lo había imaginado.

   Una vez aparcados los coches en una zona asfaltada, preparada para tal fin, salimos a otear el horizonte y descubrimos una especie de llano precioso, con un césped verde y recién cortado, rodeado de montes bajos y al fondo un río, bordeado por unos álamos gigantescos que daban sombra a las diez o doce tiendas montadas y a un chiringuito con un mostrador repleto de bocadillos y con un cartel que ponía: Mahou. Aquello parecía un camping despendolao.

 

   Todas nuestras miradas se dirigieron a Mari Jesús, que al contemplar aquel paisaje repleto de personas, sentadas en sus mesas, niños correteando y radiocasetes a todo trapo dijo:

—   Lo sé, lo dé, no digáis nada. Me habían hablado de este sitio, pero creía que estaríamos solas.

—   ¿Qué hacemos?

—   Pues buscar un sitio, y montar la tienda. Dije.

—  No, de eso nada. Vamos a seguir el río y a buscar algo más tranquilo.

—   Chicas, que aquí estaremos más acompañadas.

—   ¡Pero Sole! ¡Por Dios! Para compañía, ya tenemos el centro comercial.

—   Bueno, bueno, me sumo a la mayoría.

—   Pues vamos a otro sitio.

   Volvimos a los coches y seguimos el camino de tierra, hasta que se acabó y la jefa se metió por unos andurriales bordeando el río, hasta encontrar un pacífico y precioso lugar rodeado de árboles que no sabría definir. El verde de suelo, originado por la humedad del río, hacía de aquel paisaje algo fuera de lo común. El día era espléndido y de repente nos sentimos tan solas de todo, rodeadas de aire puro, agua fresca y de aquel ambiente de cuento de hadas, que comenzamos a saltar y a cantar todas juntas:

Amiga mía de Alejandro Sanz. Después de cantar, bailar y tirarnos por el suelo comenzamos la tarea. Entre Maria Jesus, Maricarmen y Angelines, se pusieron a montar la tienda. Las demás sacamos todos los cachivaches del coche para ordenarlos. Decidí colocar las botellas en una especie de hondonada que fabriqué al borde del  río, para mantenerlas fresquitas. ¡Que ideas me vienen! Seguro que a ninguna se les hubiese ocurrido.

 

   Coloqué la mesa, las sillas los cojines. Ordenamos la comida y cuando estuvo todo colocado, las tres expertas en camping estaban tiradas en la hierba, sudando con la tienda desperdigada por el suelo y las instrucciones en la mano.

— Pero leche ¿No decías que sabías?

— Pues claro que se. Pero nunca había montado una tan grande.

— Anda, vamos a ayudar todas, que se hace de noche y a este paso dormimos fuera.

Después de leernos unas siete veces las instrucciones y unos veinte intentos, logramos montar aquella gigantesca tienda.

Cuando empezamos a colocar las colchonetas, nos dimos cuenta de que se nos había olvidado,el aparatito ese para echar aire.

—¡Mierda! ¿Y ahora qué hacemos?

— Soplar, cada una la nuestra.

Me dolía la delantera, los pulmones, los morros y todo de todo. Hasta que por fin acabé aquella tarea ingrata. Me quedó algo blandengue, pero ya no podía más.

— Esto se merece unos cubatas.

— Nada de cubatas. ¡Encender el camping gas! Cenamos y después los cubatas.garden-1507568__180

— Vale.

Lo de encender aquel aparatejo nos salió a la primera. Pusimos una mesa estupenda, con platos y vasos de usar y tirar. Ensaladilla, tabla de ibéricos, queso, empanada, croquetas y tarta de chocolate. ¡Que placer! ¡Qué bueno estaba todo! Y sin tener que fregar. Después de ponernos moradas, comenzamos con los cubatas y acabamos cantado él Asturias patria querida, desde Santurce a Bilbao, una de Rocío Jurado y bailando sevillanas, con el aparato de música de Marival.

Tan alta estaba la música que apareció por allí un señor que se presentó como uno de los campistas que habíamos dejado en la explanada anterior. El hombre pensó, que con tanto griterío nos pasaba algo. Ante tan conmovedora aparición le invitamos a un cubata que se convirtieron en cuatro. El buen hombre se fue haciendo eses con el coche, no sin antes advertirnos, que no nos preocupáramos por las culebras, que eran inofensivas, ni por los ratoncillos de campo.

Ante tan afirmación creo que se nos pasó de golpe la bolinga y comenzamos a registrar la tienda. Porque una cosa eran los mosquitos, pero: ¡Un ratón! Y ¡Una culebra! Para eso no estábamos preparadas.

Continuará…

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