EL TESTAMENTO.

EL TESTAMENTO.

   Te estaré siempre agradecida, aunque para ti solo fuera un ave que de vez en cuando se posaba en tu ventana. Tu me dabas las migas que sobraban y yo me las comía complacida. Solo con una caricia, con una mirada o con aquella fiebre impulsiva con la que desahogabas tu cuerpo sobre el mío, para después dejar unas monedas sobre la colcha, sin volverte siquiera. Los lunes a las ocho, nunca fallaste. A veces solo hablabas, desatabas tu conversación y tus penas sobre mi hombro, mientras yo acariciaba tu pelo y te miraba fijamente, para que supieras que ahí estaba yo, para que fijaras tu mirada en mis ojos y no en la pequeña lejanía de la pared de enfrente. Te sentías solo, con todo tu dinero, tus casas, tus posesiones, tu bella esposa y esos hijos tan perfectos y estudiosos. Te sentías solo, en tus comidas de empresa, en los viajes de negocios, incluso en los de placer, en los que siempre te acompañaba la familia. Te sentías solo, estando en la cama conmigo, contándome tus penas, mientras te acariciaba o te miraba a los ojos diciéndote que yo estaba allí, para ti, solo para ti. Los demás no eran nadie, solo eran el mecanismo existente para ganarme la vida. Agotabas el tiempo fijado y dejabas el dinero pactado, con un simple: ” Hasta el lunes”. Sin saber de mis desvelos por ti, de la ternura que me producías, sin percatarte de que me dejabas rota el alma, sin notar ese sentimiento que me abarcaba y me cegaba, haciendo que mi vida se centrase solo en aquellos lunes a las ocho.

business-923018_640   El primer lunes que fallaste, sentí que mi vida caía en un abismo. No sabía de ti, quise enterarme, acudí a tu empresa, a la puerta de tu casa, sin atreverme a nombrarte ni a preguntar por ti. Después de dos semanas sin verte, alguien llamó a mi puerta.

   Un notario me citaba para lectura de un testamento, no pensé en tí, creí que se trataba de una equivocación, pero al abrir aquella misiva y leer tu nombre, me fallaron las piernas y se me partió el alma. Lloré y lloré por la muerte de aquel amor de una hora, de aquel hombre que sin saber había calado dentro de mí. 

   Acudí sin saber muy bien de que trataba  todo aquello, quizá quiso dejarme un último recuerdo, quizá signifiqué algo para él.

   Su preciosa familia, su bella esposa, y aquellos hijos tan perfectos de riguroso luto, me recibieron sin tan siquiera un saludo.

   El notario, me señaló uno de los sillones y comenzó a leer. Después de especificar el legado de sus bienes que repartió entre su esposa y sus hijos, dijo que quería beneficiar a una tercera persona a la que dejaba una carta:

   Para el amor de mi vida:

   Me parece estar viendo tu cara, te sentirás extraña y se que triste, porque estoy convencido de que me quisiste tanto como yocross-1480482_640 a ti. Se que no pude hacerte feliz en vida, como hubiera deseado, pero ahora que ya no estoy, quiero compensarte el bien que me hiciste, los momentos que me diste y la felicidad con la que me colmaste.

    Salí de allí sin saber bien que sentía, con mis sentimientos confusos, enredados entre sí, pero feliz, por saber que me quiso, que me quiso tanto como yo a el. Que supo sentir el amor que le entregaba en aquellas pocas horas que pasamos juntos. Salí de allí con el alma repleta de amor y todo hay que decirlo, con cuatro propiedades, varios terrenos, y una cantidad de dinero que me permitiría vivir el resto de mi vida como una gran señora. 

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